Capítulo 4: Descenso al Caos
El corazón de Maria Luíza Duarte latía como un toro desbocado, amenazando con explotar en su pecho. El avión temblaba violentamente, los gritos resonaban en la cabina mientras su visión se emborronaba con el pánico creciente. Las luces parpadeaban erráticamente, arrojando sombras inquietantes que danzaban por las paredes, intensificando su temor.
"No puedo morir aquí... no así", susurró roncamente en medio del caos.
Luego, en un arranque de desesperación, gritó: "¡Maldita sea, Alexei! ¡Mentí! ¡No quiero morir! ¡Me casaré contigo!" Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, un ruego frenético nacido de un instinto de supervivencia crudo.

El pánico la abrumaba, haciéndola jadear por aire mientras sus manos temblaban incontrolablemente. Los confines de la cabina parecían sofocantes, cerrándose sobre ella con cada sacudida de turbulencia. La ansiedad le carcomía el pecho, amenazando con abrumarla en una marea de miedo.
De repente, una figura imponente vestida con un abrigo blanco inmaculado apareció a su lado. Con autoridad calmada, se arrodilló a su lado y tomó firmemente su muñeca. "Sra. Maria Luíza, respire lentamente", su voz se abrió paso entre el pandemonio, sus palabras una línea de vida en la tempestad.
Luchando por concentrarse, encontró su mirada, sintiendo alivio y sospecha. Sus manos se movieron con precisión mientras extraía una jeringa de un pequeño maletín negro. "Confíe en mí", instó suavemente, manteniendo su tono firme a pesar del caos que los rodeaba.
El miedo y la incertidumbre libraban una batalla dentro de ella mientras la aguja perforaba su piel. Quería resistirse, luchar contra la calma adormecedora que amenazaba con apoderarse de sus sentidos. Pero gradualmente, su corazón acelerado se calmó, sus pensamientos frenéticos se aquietaron a un murmullo distante.
A medida que el medicamento hacía efecto, el mundo a su alrededor parecía ralentizarse a un ritmo surrealista. El médico la aseguró de nuevo en su asiento, su comportamiento imperturbable ante la continua turbulencia.
A través de una neblina, escuchó al piloto anunciar un intento de aterrizaje de emergencia. La urgencia en su voz era palpable, un recordatorio crudo de su situación peligrosa.
A su lado, un pasajero, desasegurado y sorprendido, fue lanzado violentamente contra el techo con un golpe repulsivo. La vista le hizo temblar, reforzando la gravedad de su situación.





