“Belinda, ¿has tomado ya una decisión? ¡No dejes que esta oportunidad de estudiar en el extranjero se te escape! Es una experiencia que lamentarás perderte.”
Después de leer el mensaje, algo dentro de ella cambió. Había estado vacilante e insegura durante semanas, pero ahora la decisión estaba clara.
“Sí,” respondió. “Voy a estudiar en el extranjero.”
Era el momento de empezar de nuevo. Dejarlo todo atrás.
Rápidamente empacó sus cosas, cada objeto un símbolo de la vida que estaba dejando atrás.
A pesar del frío febril en sus huesos por la lluvia al día siguiente, Belinda se arrastró hasta la oficina de registro. Esperó. Los minutos se convirtieron en una hora. Lucas nunca llegó.
Lo llamó.
La voz de Verena contestó. “Lucas, ¿podrías ayudarme aquí...”
La voz de Lucas siguió, distante e indiferente. “Estoy ocupado. Iremos a la oficina de registro otro día.”
El teléfono se quedó en silencio.
Belinda miró la pantalla, su corazón hundiéndose. Un nudo se formó en su garganta, pero no lloró. No ahora.
Escribió un último mensaje a Lucas, luego sacó su tarjeta SIM y la arrojó al contenedor de basura más cercano.
No más mensajes. No más esperanzas.
Hoy era el día. El día en que partiría hacia Chixdon.
Belinda se hizo una promesa silenciosa a sí misma mientras dejaba atrás los restos de su antigua vida.
Cuando subiera a ese avión, borraría a Lucas de su mente, cada recuerdo, cada sueño.
No miraría hacia atrás.





