“Absolutamente. ¿Por qué más se casaría con alguien como Belinda? Ni siquiera es atractiva. Además, es una hija ilegítima. Una herramienta para la venganza.”
Cada palabra golpeaba como dagas, clavándose más profundo en su corazón. Poco atractiva. Sobrepeso. Un peón en su juego de venganza.
Las piernas de Belinda se le aflojaron. Se tambaleó, las manos temblorosas aferrándose al picaporte. ¿Todo fue una mentira? ¿La propuesta, el amor que pensaba que compartían? ¿Fue ella solo un instrumento de venganza desde el principio? La risa que burbujeaba desde su pecho era amarga y hueca. No podía detenerse.
Por un momento, todo se volvió borroso: su mundo, su matrimonio y su identidad.
Ella empujó la puerta abierta.
Dentro, la habitación quedó sepulcralmente silenciosa cuando sus ojos se encontraron con los de Lucas. Su presencia era segura y sin esfuerzo. Estaba sentado en el sofá, con las piernas cruzadas, el líder del Consorcio Triumph en toda su fría perfección. Su rostro era esculpido y perfecto. Todo en él rezumaba poder y éxito.
Todo en él clamaba intocable.
Una voz, gruesa de burla, rompió el silencio. "Verena, ¿te preguntabas cómo es la esposa de Lucas? Bueno, aquí la tienes."
Belinda contuvo la respiración. Podía sentir el aguijón de cada palabra, cada mirada que se volvía hacia ella.
Su ropa pesada y empapada se le adhería, exponiendo el cuerpo que odiaba. Mechones húmedos de su cabello se pegaban a su rostro, enmarcando la mancha oscura en su mejilla. Su corazón latía fuertemente, pero se acercó hacia él de todos modos, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
"Lucas, traje el pastel de mousse que encargaste." Su voz era frágil, pero no se atrevía a quebrarse.
Sin mirarla siquiera, Lucas deslizó el pastel hacia Verena, con la voz fría. “Aquí, ahora puedes disfrutarlo.”
La sonrisa de Verena era tímida, casi juguetona. “No pensé que lo comprarías para mí.”
Un golpe al estómago. La realización la golpeó como un tren de carga. Había pasado cinco horas luchando contra la tormenta, impulsada por la creencia de que Lucas había pedido el pastel. Se había esforzado hasta el agotamiento por esto. Pero no era para ella. Era para Verena.
Su cuerpo temblaba. Sus dedos se crisparon en puños, las uñas clavándose en sus palmas. Pero no podía llorar. No ahora. No frente a ellos.
"Mira, Verena, así de importante eres para Lucas. Haría cualquier cosa por ti."
"Exacto. No desperdicies su esfuerzo, Verena. Pasó por todo ese problema. Debe estar tan desesperada por complacer a Lucas." Las palabras eran como veneno, enrroscándose en sus venas.
La mente de Belinda giraba, un torbellino de confusión y rabia. Quería gritar, desahogarse, pero las palabras estaban atrapadas en su pecho, sofocándola.
Entonces Lucas se levantó. Sus movimientos eran lentos, deliberados como si hubiera planeado ese momento. Cruzó la habitación y encontró su mirada con una indiferencia gélida.
"Los papeles del divorcio están en la mesa de café en casa. Fírmalos cuando regreses." Sus palabras cortaron el aire, frías y definitivas.
Belinda se quedó paralizada. Cada pizca de esperanza en la que se aferraba se evaporó en ese único momento.
Nunca había sido importante. No para él. No para nadie.
Su mundo se desmoronó. Otra vez.





