Capítulo 2: Liberándose
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, frías y definitivas. "¿Papeles de divorcio?" repitió Belinda, su voz quebrándose mientras miraba a Lucas, sus manos temblando. La mirada indiferente en su rostro fue como una bofetada.
“Solo me casé contigo para contentar a mi padre y mantener a Verena a salvo,” dijo, su tono desprovisto de calidez. “Pero ahora que ella ha vuelto, ya no te necesito. Puedo protegerla.”
El peso de sus palabras aplastó su pecho. Toda la vida de Belinda había sido una mentira, una estrategia, un movimiento calculado para mantener a Verena segura. Para Lucas, ella era solo un instrumento. Una vez que había cumplido su propósito, no era más que una molestia.

Una amarga sonrisa se dibujó en sus labios mientras las lágrimas afloraban en sus ojos. La resignación la invadió. Se había aferrado a la esperanza durante tanto tiempo, pero todo se evaporó al instante.
“Lucas... ¿Después de todos estos años, fui solo un objeto para ti?” La pregunta escapó de sus labios, suave pero llena de dolor puro.
La risa estalló a su alrededor, cortando el silencio como un cuchillo.
“¿Cree Belinda que Lucas se preocuparía por ella?” burló una voz.
“Mira cómo está. Es patética,” añadió otra voz.
Belinda ignoró las palabras venenosas. No podía concentrarse en ellas. Mantuvo su mirada fija en Lucas, con el corazón latiéndole con fuerza.
Su respuesta fue helada. “Sí.”
La palabra la golpeó como una bala. Retrocedió, las lágrimas que había luchado tanto por contener finalmente se derramaron. Su corazón parecía estar siendo desgarrado en dos.
Una risa hueca brotó desde su interior, amarga y desesperada. “Entiendo,” susurró, apenas audible.
Asintió lentamente mientras el peso de su indiferencia se hundía en ella. “No te preocupes. Firmaré los papeles tan pronto como llegue a casa.”
“Nos vemos mañana a las diez en la oficina de registro,” dijo Lucas, su voz distante como si hablara a un extraño. Se dio la vuelta, con su atención ya en otro lugar.
Su corazón estaba tan pesado como el plomo, y Belinda se acercó a la puerta. Cuando estaba a punto de salir, la suave voz de Verena resonó en la habitación.
“Lucas, estoy encantada. ¿Puedo tirar la tarta?”
Las palabras le golpearon como un puñetazo en el estómago. Belinda se detuvo. Quería gritar, desahogarse, pero no pudo.
“Por supuesto,” respondió Lucas sin pensarlo dos veces.
Su visión se nubló y las lágrimas cayeron más rápido. Salió de la sala, con risas burlonas desvaneciéndose a su espalda. El mundo exterior era un torbellino de lluvia y tristeza, pero a ella no le importaba.
Tenía que irse.
Encontró los papeles de divorcio en la mesa de café de Reverie Mansion, que debería haberse sentido como su hogar. Los términos eran fríos y clínicos: trescientos millones de dólares y dos propiedades de lujo.
Su mente apenas registró la cantidad. Era solo un número. Tres años de matrimonio reducidos a una etiqueta de precio. ¿Eso era lo que significaba ser amada por Lucas? ¿Era ese su valor a sus ojos?
Una sonrisa amarga tiró de la comisura de sus labios mientras firmaba los papeles. Una lágrima cayó sobre el documento, pero la limpió rápidamente, no más lágrimas.
Su teléfono vibró, distraéndola de los papeles. Era un mensaje de su mentora.





